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Divertirse como un niño en Mozares

por biker | 30 Agosto 2011

Los mayores lo pasamos como niños.

Más de 200 bikers pudimos vivir ayer uno de esos días que te reconcilian con el mountain bike. La pequeña localidad burgalesa de Mozares acogió la decimoquinta edición de su ya clásica Travesía del Trema; un evento que se celebra el último fin de semana de agosto y que, año tras año, va atrayendo a un mayor número de participantes. En esta ocasión, se agotaron los dorsales y se rompieron todas las previsiones. La prueba es más entretenida y muy diferente a llo que todos los que nos movemos en este mundillo estamos acostumbrados. Para empezar: no se trata de una marcha en línea de 42 o más kilómetros, sino de un circuito que atraviesa hasta en 8 ocasiones el pueblo y que te permite vadear ríos, serpentear por estrechos senderos, fajarte en montículos y darlo todo en dos repechos que resultan agónicos. Vamos diversión de la buena, concentrada en poco más de una hora.

Como viene siendo habitual, Mozares no sólo es un gran reclamo para los bikers, sino también para sus familias. De nuevo, se desarrollaron diversos eventos enfocados a los más pequeños. Los niños alucinaban cuando cientos de adultos, muchos de ellos vestidos de ciclista, les animaban en cada curva. Un buen ejemplo de cantera y de fair play. Hubo aplausos para todos, sin importar quién lo hiciera mejor o quién ganara. Poco después se sirvió el plato fuerte. A las 12 y 10 minutos, la organización dio la salida a la carrera para mayores de 16 años. Allí estaban en la primera fila los José Antonio Díaz Arriola, Joseba León o Ángel Castrejana. Por detrás, los mortales, los que sufrimos y disfrutamos en cada tramo del circuito.

Los mayores lo pasamos como niños.

La cosa comenzó a mil por hora. Y, este año, intenté salir fuerte, ya que en 2010 me comí algún que otro tapón por arrancar al final del pelotón. Los organizadores idearon esta vez una solución que fue bastante eficiente: nos hicieron dar una media vuelta al circuito sin pasar por las zonas técnicas, de esta forma se evitaron las aglomeraciones. Sólo en las escaleras naturales (labradas y acondicionadas por nuestro amigo Edu) hubo que esperar unos segundos. Un respiro para coger aire. En esta edición se ha introducido alguna variante que ha resultado del agrado de los ciclistas.

Volviendo a la carrera, la primera vuelta y media se da tan rápido que acabas medio mareado. Sólo te fijas en el ciclista que te precede. Y un sexto sentido te orienta sobre la proximidad de los bikers que vienen por detrás pidiendo pista. En una ocasión, me hicieron un sandwich entre otros dos compañeros. Nuestros manillares se tocaron. Milagrosamente no nos fuimos al suelo. Pasado el primer paso del río (en este 2011 hubo que vadear el Trema una vez más por vuelto de lo habitual), los frenos de disco empezaron a gemir por el baño y por el barro adherido.

Los mayores lo pasamos como niños.

Los lamentos se disiparon cuando el paisaje se abrió y dejó paso a un claro donde se vuela con la bicicleta. Las pulsaciones iban ya cercanas a las 170 y había que mantener el tipo si queríamos aguantar toda la carrera a ese ritmo. Tras el primer paso por el pueblo, una bajada nos otorgó un pequeño descanso, antes de enfilar un caminito con montículos que nos dejó a todos un un poco rotos. Fue una parte muy divertida, donde las bicicletas de doble suspensión se agarraban muy bien. Acto seguido se vadeaba el río por su parte más caudalosa. Resulta emocionante. La mejor manera de afrontar el reto: bajar dos piñones, apretar los dientes y coger velocidad. Con decisión, el cauce fluvial (sabiendo que no hay piedras gordas) no constituye un obstáculo insalvable.

Después llegaba una zona dura y, finalmente, el repecho junto al cementerio. Este año, por problemas en mi desviador delantero y el cambio (tengo que cambiar ya los platos), me he visto obligado a realizar esta subida con el plato mediano y el tercer piñón más grande. En la segunda vuelta casi me quedo clavado…

Obstáculo natural a pie

El paso por meta te pone la piel de gallina. La gente aplaude a rabiar. En la tercera vuelta comenzamos a doblar corredores. La gente, por lo general, deja pista libre. Y darles las gracias nunca está de más. En mi opinión, la tercera vuelta es siempre la más bonita. Seguramente te encontrarás ya solo y puedes regodearte en la conducción y el paisaje. En la cuarta, el tanque de gasolina va ya un poco justo y estás deseando llegar. Por eso, el penúltimo giro es el mejor. En el último sufro de lo lindo y está a punto de pasarme factura la salida a tope del comienzo. Pero la cuesta del cementerio ya está ganada y se oye a lo lejos la meta. Paso por la línea y un crono aproximado de una hora y quince minutos. Buenas sensaciones… Después, todo amabilidades: bolsa con regalos (morcilla, patatas, chapa recordatorio y bollería), sorteo de material, manguerazo y a saludar a los conocidos. Un excelente día y una gran dedicación de un pueblo pequeño en dimensiones y habitantes pero inmenso en el saber hacer de sus gentes. Más información aquí.

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